El método cartesiano ha consumado la disociación de una triada natural ‒humanos, animales y plantas‒ que los ha dejado en grave desventaja. Por lo cual, se apremia la instauración del Principio de igualdad biológica en el que todos queden protegidos.
De las síntesis más importantes que expresan la ontología contemporánea es la decretada por René Descartes: cogito ergo sum. El pensamiento cartesiano legó dos problemas. El primero está relacionado con el procedimiento utilizado por Descartes para la concepción y el desarrollo del cogito; el segundo fue la apertura ontológica y epistemológica sobre la posibilidad de convertirnos en dueños de la naturaleza.
Esta idea trae consigo graves riesgos. Sin embargo, la propuesta del Principio de igualdad biológica lo puede resolver. Para lograrlo se presentan dos apartados: el primero se centra en el cogito ergo sum y su paso a la idea pura del yo, que busca mostrar el fundamento filosófico encargado de sacar a la luz al individuo que se erige por encima de todo cuanto hay.
El segundo apartado busca señalar la manera de regular la desigualdad fomentada por el hombre. Se trata de la instauración, en todos los niveles, de la igualdad biológica que promueve la restitución de la dignidad de las plantas y los animales.
El Cogito Ergo Sum y su Paso a la Idea Pura del Yo
“El Principio de igualdad biológica establece que los humanos, animales y plantas comparten organizaciones y funciones autónomas pero interdependientes, que se conjuntan para hacer posible la vida en la biosfera terrestre.”
Descartes tomó el camino del escepticismo como ruta para dudar de los sentidos porque engañan al sujeto y ocultan la verdad. La filosofía del yo pensante se erige como productora del conocimiento. De ahí que alumbró el nacimiento del individuo.
El ego es el objeto inicial del sujeto pensante. El mundo es visto desde el yo. Es una forma lógica trascendental que puede desarrollarse como una subjetividad o como una fenomenología intersubjetiva porque ambas se configuran, según el pronombre destino para construir el mundo objetivo.
El ego: el yo pensante, el yo como sujeto y pronombre perfila y objetiviza, intencionalmente, al mundo para constituirlo a través de conceptos y significados para apropiárselos. Sin embargo, la categoría del yo no está relacionada con un tú ni con un nosotros. Es el caso de la naturaleza vista como medio ambiente, el medio ambiente humano.
La interpretación y posición ambiental se distingue de las demás porque las relaciones se establecen entre los pronombres y los sujetos naturales convertidos —por la razón jurídica— en medio ambiente. Por ejemplo, cuando el derecho agregativo, concebido como un derecho humano, señala en el artículo 4 de la Constitución política, párrafo quinto, que “toda persona tiene derecho a un medio ambiente sano para su desarrollo y bienestar”.
La separación de los pronombres y los sujetos que intervienen en el citado derecho agregativo, da como resultado que cuando se enuncia “toda persona” se está hablando del yo, del pronombre indeterminado a quien va dirigido el derecho agregativo previsto en la norma. Al señalar “tiene derecho”, se insta a la acción y a la prerrogativa estatal a garantizar. Cuando se anota “a un medio ambiente”, se marca una clara diferenciación del otro, del espacio a alienar por parte del Estado y cuyo propietario abstracto es el yo. Finalmente, al apuntar “para su desarrollo y bienestar” se habla de las condiciones futuras y de las características que deberán estar contenidas en la prerrogativa de la norma para el yo.
Así, se vuelve urgente el establecimiento de la posición del pronombre objeto del derecho o de su posición ontológica: yo frente a los animales, yo frente a las plantas, yo frente a los animales y a las plantas; nosotros frente a los animales, nosotros frente a las plantas; la humanidad, los animales y las plantas en un mismo plano de igualdad. Las combinaciones resultantes dependen del pronombre que se ponga en la ecuación ontológica.
El ego del mundo cartesiano representa un riesgo porque la construcción del mundo no biológico no se ubica en un plano de igualdad. Esto se verifica cuando se analiza la posición del humano frente a los animales y las plantas. Su relación no guarda una equidad política ni jurídica. Se trata, más bien, de un pronombre: yo y el otro, es decir, la humanidad y el medio ambiente como entes separados.
En su Curso de filosofía positiva, Comte dio continuidad al proyecto cartesiano: adueñarse de la naturaleza. Así, formuló que “según la ley universal de la equivalencia necesaria entre acción y reacción, el sistema ambiente no puede modificar al organismo sin que éste ejerza a su vez una influencia correspondiente sobre el medio”.[1]
Sin embargo, los proyectos cartesiano y comtiano presentan una debilidad fundamental: le niegan a la realidad orgánica su primordial característica. Organizarse para la vida implica que los comportamientos vivos contribuyan en la estructuración de la biosfera terrestre para aprovechar, integral y eficientemente, los recursos y compartirlos de forma sostenible.
La humanidad no dio cuenta de las implicaciones ambientales generadas a partir de los paradigmas filosóficos y su repercusión en los ámbitos jurídico y político. Se trata de entender las estructuras y organizaciones de los sistemas de los organismos vivos para reconducir la fenomenología ambiental en intersubjetividades biológicas que den sostenibilidad a la biosfera terrestre mediante categorías biológicas, químicas, físicas y energéticas.[2]
En todo caso, las plantas pueden vivir sin los seres humanos, pero éstos no pueden vivir sin ellas. Entender cómo funcionan y se articulan probablemente daría paso a un cogito menos egoísta, más responsable, justo y comprometido con la biosfera.
El cogito racional debe evolucionar hacia un cogito vitae, en el que el medio ambiente no sea la extensión del proyecto cartesiano y comtiano. La sociedad sostenible existe en la ideología de quien la diseña, aunque no participan sus miembros constitutivos: las plantas y los animales.
De acuerdo con Bruno Latour, no se puede sostener el fenómeno de la vida sobre la base de la devastación medio ambiental surgida de la ideología mecanicista y positivista.[3]
Jonas asegura que los principios de la vida y de su sostenibilidad rebasan la realidad cartesiana y la abstracción comtiana. Las interacciones establecidas por la sociedad con el entorno global y local no pueden quedar subsumidas y destinadas al aprovechamiento exclusivo de la humanidad, sin mediar en lo mínimo una subjetividad ética y ambiental de lo que implica mirarse en el ahí. La abstracción y reflexión de este cogito vitae debe superar su yo, aproximarse y complementarse con el otro para reconducir la materia viva –no la mecánica– y organizarla de manera sostenible.[4]
La concepción jurídica, política y científica respecto de los animales y de las plantas ha cambiado gradualmente. Con el nacimiento del ecologismo en la década de los 60, la ciencia política y jurídica se ha ocupado de racionalizar jurídicamente la protección de los ecosistemas mediante la ampliación de los derechos humanos o los derechos agregativos. Tal premisa se incorporó a las políticas ambientales como una apropiación humana del espacio físico. Sobre ella descansa el objetivo de asegurar las necesidades de subsistencia de los seres humanos priorizando, en lo fundamental, su protección y gestión. Es evidente que la racionalización jurídica estableció un precedente importante en la protección de la naturaleza, empero lo que no cambia es la posición privilegiada de los seres humanos frente a los organismos vivos.
El Principio de Igualdad Biológica
El Principio de igualdad biológica establece que los humanos, animales y plantas comparten organizaciones y funciones autónomas pero interdependientes, que se conjuntan para hacer posible la vida en la biosfera terrestre. Por lo tanto, tienen una ontología definida que los convierte en organismos autónomos y dignos de ser reconocidos por las ciencias naturales y sociales y, particularmente, por la filosofía política y del derecho como organismos con dignidad material. Dicho principio tiene una utilidad argumentativa, axiológica, normativa y ontológica cuya pertinencia se actualiza por su contenido y definición.
Desde el punto de vista argumentativo, éste se diseña bajo la teoría principalista. Se trata de un mandato de optimización para los operadores jurídicos administrativos, judiciales y legislativos. La propuesta para la filosofía del Derecho y la teoría del Derecho es que el principio se establezca en la ley fundamental estatal de tal forma que, como mandato de optimización, tenga una recepción per se en las prerrogativas estatales.
Por su parte, los órganos legislativos acogerán el mandato del principio y deberán considerarlo durante la producción legislativa de normas especiales y generales. Éste les servirá como técnica legislativa para argumentar la exposición de motivos y el contenido de las normas optimizadas según los alcances, bases y límites del principio. Finalmente, los órganos judiciales tendrán un criterio para resolver y aplicar el derecho en sus decisiones judiciales.
La ley fundamental establece el Principio de igualdad biológica que abre un criterio político y sostenible para que sus decisiones estén apegadas a una identidad biológica. Asimismo, asegura un contenido axiológico que permite que el progreso económico y social se someta a sus alcances y límites.
El principio se diseña e instrumenta con el propósito de comprender adecuadamente los principios encargados de regir y hacer posible el fenómeno de la vida en la tierra. Lleva implícito el límite confiado a las ciencias naturales y sociales, así como en la filosofía política y del Derecho para que se entienda que en la igualdad nadie pierde, sino que todos ganan porque no cabe la posibilidad de utilizarla como pretexto para denostar la condición de ser humano.
“Pensar verde es conjuntar un proyecto de identidad biológica colectiva que transite con los principios que sostienen la estructura de la biosfera, en donde, bajo el concepto de una democracia ambiental, los organismos vivos deliberen sus subjetividades ambientales y sociales.”
Conclusiones
El proyecto cartesiano confió en el yo, a cargo del ser humano, y en el otro, representado por los animales y los vegetales. Esto trajo una idea descabellada del medio ambiente humano.
La reconducción de la política del pensamiento verde debe atender a principios que posibiliten la sostenibilidad de los organismos vivos, y su fidelidad epistemológica facilitará el establecimiento de los principios ambientales que la filosofía y la ciencia hacen suyos a través de la ciencia jurídica y la ciencia política. La sostenibilidad como principio no diferencia la pertinencia de las posiciones y los estatutos de los organismos vivos que participan en ella. Su articulación los condiciona a guardar una misma posición. Es decir, ubicarlos en un plano de igualdad porque participan con sus cualidades y sus propiedades por igual, lo que se traduce en reconocerles una dignidad material.
Pensar verde invoca la necesidad de conjuntar un proyecto de identidad biológica colectiva que transite en paralelo con los principios que sostienen la estructura de la biosfera. Es una fenomenología biológica intersubjetiva en donde, bajo el concepto de una democracia ambiental, los organismos vivos deliberen sus subjetividades ambientales y sociales.
La igualdad biológica es un principio que reconoce la dignidad material de los animales, de los seres humanos y de los vegetales en un entorno seguro para su desarrollo y sostenibilidad.
[1] François Jacob. La lógica de lo viviente. Una historia de la herencia. Barcelona, Tusquets, 2014, p. 151.
[2] James Trefil. Gestionemos la naturaleza. Barcelona, Antoni Bosch Editor, 2004.
[3] Bruno Latour. Nunca fuimos modernos: ensayo de antropología simétrica. Madrid, Siglo XXI, 2007.
[4] Hans Jonas. El principio vida. Hacia una biología filosófica. Madrid, Trotta, 2000.


