Además de cimbrar conciencias, la visita del Papa Francisco evidenció, interna e internacionalmente, los graves problemas sociales y políticos del país. Su recorrido no fue casual, sino estratégico: la Ciudad de México (CDMX), el Estado de México, Chiapas, Michoacán y Chihuahua, son estados con claros problemas de inseguridad, violencia y pobreza y son puntos representativos de la crisis que se está viviendo en el país en varios sectores.
El mensaje en la Catedral de México dirigido a obispos y cardenales que usan coches de lujo y llevan una vida disipada, también fue para los políticos, empresarios y la sociedad en general. “No se necesitan príncipes sino una comunidad de testigos del señor…vivimos en una sociedad narcisista obsesionada por el lujo y el confort”, destacó, señalando cómo hoy se le da más valor al tener que al ser y que somos una sociedad que se enfoca más en ser importante y en la riqueza material, que en ser feliz y pleno, anteponiendo el tener dinero a la forma en la que se haya adquirido; una sociedad con un vacío que se trata de llenar con dinero, con poder o con fama y que trae como consecuencia abusos, violencia, corrupción y discriminación.
En Ecatepec habló de las tentaciones que destruyen al hombre: la riqueza, la vanidad y el orgullo. Se refirió a las causas de la corrupción, condenando el dinero mal habido y la riqueza que se consigue a costas del sudor de otro, es decir, a través de la explotación. Exhortó a construir “un México en donde no sea la necesidad de unos el oportunismo de unos pocos…cuando alguien busca el camino del privilegio o beneficio en detrimento de todos, tarde o temprano la sociedad se vuelve terreno fértil para la corrupción».
En Chiapas, al pedir perdón a los indígenas, reconoció la segregación de que han sido objeto estos pueblos, al dejar de lado la gran sabiduría ancestral que tienen y la riqueza cultural que aportan al país, poniendo en la mesa varios temas de derechos humanos como la discriminación.
Durante su estancia en Ciudad Juárez subrayó 2 temas que nos laceran: la migración y la crisis del sistema penitenciario, lamentando la situación de todas aquellas personas que se ven obligadas a dejar sus hogares en busca de una mejor calidad de vida por falta de oportunidades en su tierra. En su mensaje en el penal dijo, “Las cárceles son un síntoma de cómo estamos como sociedad… de una cultura que ha dejado de apostar por la vida; de una sociedad que ha ido abandonando a sus hijos”, invitando a voltear a ver a los “invisibles” y asumir que el “fracaso” de los que están en prisión refleja un fracaso que tenemos como sociedad. Es evidente que existe una descomposición del tejido social donde los padres han abandonado y desatendido a sus hijos.
Los problemas abordados por el Papa tienen una misma raíz: la sociedad y la familia. “La familia debe ser escuela de la humanidad”. Todo político, empresario, narcotraficante, preso, etc., salió de una familia de la cual aprendió un sistema de valores y una forma de comportarse y eso es lo que replica. Los problemas resaltados por el Papa: pobreza, violencia, abuso, corrupción, riqueza desmedida, discriminación, clasismo, desempleo, entre otros, no son dificultades de una clase política, sino de todos, consecuencia de los paradigmas y valores que se gestan desde casa, resultado de una sociedad que prefiere irse por el camino fácil que por el camino honesto y digno. Planteó una gran solución para estos problemas: la “cariño terapia”, explicando cómo muchos jóvenes se unen a la delincuencia por miedo y por baja autoestima por falta de cariño en sus hogares. Muchos niños, antes de recibir una caricia, reciben un golpe o un regaño.
Jorge Mario Bergoglio es un Papa moderno que más allá de apelar a las verdades de la religión, apela a las verdades de la humanidad, de la conciencia y del corazón. Porque los valores y la dignidad van más allá de ser religioso, como bien lo afirmó, “no es necesario creer en Dios para ser una buena persona”. El Papa vino a México a poner el dedo sobre la llaga evidenciando que el pueblo mexicano está herido y desesperanzado.
Muchos se preguntan si su visita hará una diferencia. Esa pregunta debemos hacérnosla nosotros mismos. No esperemos que alguien venga a “hacernos el milagro”. Éste sólo se hará si logramos cambiar nuestras conciencias, nuestras decisiones y nuestras acciones. Aprovechemos el rayito de luz que dejó este gran líder social para retomar los temas olvidados, para volver a creer en nosotros, asumir responsabilidad de nuestros actos, dejar de criticar y entender que los cambios que queremos ver en nuestro país, primero debemos verlos reflejados en nuestras vidas y en nuestras familias. El más grande milagro de la visita del Papa fue venir a recordarnos que el país somos todos.


