La música ha sido siempre el lienzo del alma para expresar los sentimientos humanos, y nos ha acompañado desde que el hombre tiene memoria y registro. Aunque el sentimiento para narrar a través de la música no ha cambiado con el tiempo, la forma de hacerlo sí. En los orígenes, los instrumentos eran totalmente rudimentarios, al provenir de artículos cotidianos de la vida de nuestros ancestros, que fueron evolucionando hasta dar forma al Tambor, la flauta y el caracol, por citar algunos.
Estos instrumentos son fácilmente identificables, por no usar electricidad, ni necesitar ninguna técnica industrial en su creación original, y es más destacado que en nuestro siglo XXI encontremos música realizada con ellos, a la cual se le conoce de diversas maneras: música indígena, autóctona o folklórica podrían ser algunas etiquetas para estas creaciones.
Música que habla mucho de nosotros como sociedad, que narra la visión del grupo encargado de interpretarla, así como de las costumbres propias de la región de donde proviene la melodía.
México ha sido llamado muchas veces pueblo multicultural, y no podía ser más acertado si consideramos el enorme número de etnias, grupos, orígenes y razas que dejaron su testimonio en suelo nacional.
Olmecas, mayas, mexicas, chichimecas, aztecas, zapotecas, náhuatl, mixtecos, otomíes, tarahumaras, zoques, purépechas, huastecos, huicholes, tototnacas, mazatecos, tzotziles, y la lista parece interminable, como lo es el crisol maravilloso de música que ha sobrevivido a la conquista y se ha conservado hasta nuestros días.
Esta herencia musical podría dividirse en 3 grandes grupos:
- Melodías que han sido rescatadas de las tradiciones de los pueblos, y son interpretadas fielmente, con instrumentos similares, a como se hizo hace numerosos años;
- Melodías que, siendo de ese origen, son interpretadas con otros instrumentos musicales propios de nuestros tiempos;
- La música que es generada por quienes actualmente representan a estos grupos sociales, donde generalmente se combinan instrumentos antiguos y modernos.
Su valor reside en su origen autóctono, pero sobre todo, llama la atención que, contrario a los éxitos musicales actuales generados por los grupos de moda, la música indígena no pretende ser un éxitos de moda, no pretenden ser temas pasajeros, y no aspiran a debutar en primer lugar en ninguna lista de popularidad.
La música prehispánica indígena se destaca por contar sólo con percusiones e instrumentos de viento, pues carecían de instrumentos de cuerda. Existen numerosos grupos que han reivindicado nuestras tradiciones a través de un legado maravilloso de estampas musicales que nos permiten un acercamiento a estas composiciones, aun cuando se debe reconocer lo difícil de generarlos, por haber pocas referencias históricas y arqueológicas relacionadas con la música que se escuchaba en las regiones de nuestro país antes de la llegada de los españoles. Sin embargo, sí se ha identificado que en el último período de la civilización mesoamericana se adoraba al Dios Xochipilli (príncipe flor), como la deidad del canto, la música y el juego.
Un tema recurrente entre los grupos que se han avocado a inmortalizar esta música, es el de la conquista, esa historia donde nuestra cultura venció y fue vencida, para regalarnos al país que ahora todos tenemos, el país que respiramos, con el que reímos y lloramos
“…llegaron los blancos y las armas de fuego montadas,
nació la confusión de creencias y palabras,
los indios supieron del miedo,
los blancos hablaron con armas,
los blancos dijeron “orgullo” y los indios gritaron “mi raza”,
y fue entre el odio y el miedo,
entre guerras y venganzas,
que de una mujer morena y un hombre de piel blanca,
sin más lenguaje que aquel del que solo el cuerpo habla,
nació un niño mestizo,
se creo la nueva raza…”
Así, con motivo de la celebración mundial de las poblaciones indígenas, verificada cada 9 de agosto por acuerdo de la ONU, esta columna hace un homenaje a quienes, celebrando la diversidad musical de nuestro país, han dejado una importante aportación a la cultura, rescatando y difundiendo un tesoro nacional. Quiero recomendar 2 grupos en particular, por la diversidad de su propuesta musical: el grupo U K’ayil Kah, y el grupo Los Folkloristas, los cuales tienen mucho de su producción musical en YouTube, iTunes y Spotify, por lo que no será nada complicado para los lectores ubicar y disfrutar su música.
Las nuevas tecnologías no han estado ajenas a la música folklórica y prehispánica, y es así como surge un estilo musical denominado Etnoelectrónica, el cual identificamos por la fusión de instrumentos autóctonos con ritmos modernos como el house y el minimal. Otro producto similar es el género conocido como Tropical House, el cual se identifica por la inclusión de instrumentos como marimbas o flautas de pan; destacando como exponentes del género en el primer caso al colectivo Wicholly Broders y Zompantli, y produciéndose en el segundo género, melodías que han sido tocadas por los DJs invitados a grandes festivales de música electrónica, tales como Kygo, Matoma, Robin Shulz y Sigala por citar algunos.
En tiempos donde musicalmente idolatramos lo extranjero e inconscientemente demeritamos lo nacional –tal y como acertadamente lo señaló Gabino Palomares en su poema titulado “Maldición de Malinche”- y ni se diga la música folklórica o indígena, es importante apoyar y preservar nuestros orígenes y hacer una reflexión en ese sentido, y voltear a ver los diversos esfuerzos que se realizan por rescatar las expresiones musicales indígenas en nuestro país.
Y para los coleccionistas, no puedo dejar de recomendarles el enorme abanico musical contenido en los discos “Putumayo”, fundados en 1993, y desde entonces hasta nuestros días se ha encargado de difundir música popular mexicana y de todo el mundo, en discos que después de escucharlos por segunda o tercera ocasión se convierten en una delicia y son pieza indispensable en la colección de los melómanos.
Por último, destacar el trabajo que también a nivel solista ha realizado la cantante mexicana Lila Downs, recién galardonada como la artista consentida del Festival Internacional de Jazz de Montreal, Canadá, y a quien debemos agradecer la inspiración para demostrarnos la grandeza musical de nuestra cultura y muchas veces perdemos de vista.
Asi, con el tiempo de testigo a cada segundo, nuestro legado musical se enriquece, exponencialmente se reinventa, y espera paciente, silencioso, deslumbrando al mundo pero deseando ser reconocido por quienes habitan la tierra donde nació, y como armonía de ángeles en un coro celestial germano que grita un consejo ilustre y famoso, y se funde con la que viene de lo alto de las montañas, recibimos amor a través del testimonio de la misión cumplida, con el compromiso de honrarlo y transmitir su tesoro a las nuevas generaciones.


