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La Máquina del Tiempo y el Consumo Musical

por Lic. Jesus Aquino Rubio
2, marzo, 2016
1188
6 minutos de lectura

La industria musical cambió para siempre con la llegada de los formatos digitales como el MP3. Ya no tenemos que comprar un disco o un cassette de 12 temas para escuchar sólo un éxito.

Que solos nos sentimos cuando necesitamos oír nuestra música favorita y no la tenemos disponible. Una canción puede cambiar nuestro estado de ánimo, hacernos reflexionar y hasta inspirarnos. Ya sea revisando un escrito, analizando una ley, preparando un argumento o leyendo un libro, haciendo ejercicio, manejando o dedicándole amor a nuestra pareja, simplemente la música es fiel compañera. Por eso, el ser humano ha trabajado a través del tiempo para hacer posible el sueño de llevar con nosotros a todos lados, esas melodías que se han convertido al paso del tiempo, en nuestras compañeras incondicionales.

Desde la invención de los primeros sistemas de grabación, el fonógrafo y el gramófono en 1857, no hemos descansado buscando la mejor manera de poder trasladar la música con nosotros. Es así como junto con las melodías, hemos aprendido a conocer los “formatos” bajo los cuales la música es grabada. Y no ha sido fácil, pues estamos hablando de un proceso de 3 etapas que se deben de alinear para permitir su portabilidad: la grabación, la impresión en el formato designado y la reproducción del mismo.

Dejando de lado la parte técnica-mecánica, es sorprendente cómo ahora más que nunca, tenemos la posibilidad de tener a nuestra disposición, prácticamente cualquier melodía, en cualquier momento, para nosotros en el dispositivo que ahora rige nuestras vidas: el teléfono celular.

Ese invento que, como caballo de Troya, llegó con una promesa que se antojó fantasiosa: hacer llamadas telefónicas sin cables. Y luego de completar su objetivo, fue incorporando funciones que han ido eliminando otros dispositivos que alguna vez fueron de uso cotidiano como la cámara fotográfica, los scaners, las cámaras de video, los pagers, podómetros, medidores de presión arterial, flexómetros, niveladores de burbuja, reglas métricas, medidores de presión de sonido, detectores y generadores de frecuencia de audio, grabadoras de voz, radios, velocímetros, editores de video, editores de imagen, editores de texto, son sólo algunos de los equipos que han sido eliminados por esta navaja suiza tecnológica, que además no descansa en su búsqueda de nuevas funciones y desarrollo.

Los programas para funciones específicas, también llamadas Aplicaciones (Apps), primero nos permitieron tener nuestra música favorita en el bolsillo; luego, nos regalaron la posibilidad de escuchar cualquier estación de radio del mundo, para finalmente, obsequiarnos catálogos prácticamente infinitos de canciones de todo género.1

Pero no siempre ha sido así. Aunque parece que ya fuera en la prehistoria ¿recuerdan la década de los 70s, y 80s cuando los discos de acetato reinaban? Esos discos enormes que apenas y almacenaban 10 canciones por lado. Además era muy difícil trasladar estos álbumes no sólo por un tema de espacio sino dada la facilidad con la cual dicho formato se estropea o se raya.

Por eso, cuando llegó el cassette, se transformó en su momento, en el formato que usábamos en el auto, que llevábamos pegado al cuerpo con los famosos Walkmans, y reproducíamos en la escuela, la oficina, en la playa, pues en todos lados encontrábamos donde reproducirlos.

La tecnología encontró en los Compact Disc, el avance necesario para hacer un cambio de paradigma, bajo la promesa de mejor calidad de audio, más fácil de transportar, y más fácil de reproducir. Se acabó el tener que aflojar las cintas de los cassettes con un lápiz, se acabó el extremo cuidado que debíamos brindar a los discos de vinyl para evitar que sonaran con demasiados crujidos.

Es así como llegó la música “digital” de gran calidad, sin zumbidos, sin “clics” y “pops”, disminuyendo las incomodidades de los viejos formatos, y abriendo una nueva era que se consolidó en la década de los 90s. Y es en el nuevo milenio, donde los formatos digitales como el MP3, y el ACC, así como el iPod y el streaming, terminaron de moldear lo que ahora todos disfrutamos para tener música sin límites al alcance de nuestros dedos.

La industria musical, la industria de la grabación, y la forma de comercializar los éxitos hoy día, han cambiado para siempre. Se acabó tener que comprar un disco o un cassette de 12 temas para escuchar sólo un éxito, o quizás dos. Ahora sólo escuchas el tema que te agrada, sin tener que enfocarte en los demás tracks del álbum.

Pero de la mano con esta portabilidad máxima, llegan nuevos escenarios a los consumidores en su esfuerzo por consolidar su biblioteca musical. Por ejemplo, antes, si comprabas un disco o un cassette, y éste venía con alguna falla o la misma se presentaba durante la vigencia de la garantía del producto, bastaba con presentar tu comprobante de compra y el producto para solicitar una reposición o una devolución.

Lamentablemente ahora, los comprobantes son digitales, el producto musical en cuestión tampoco es tangible, pues se trata de un archivo que no puedes tocar con los dedos, y puede ser que el lugar donde haces la compra en internet, no tiene oficinas reales en tu ciudad.

Antes, era posible que tu abuelo o familiar querido te heredase su colección musical, dejándote un tesoro de sus artistas y grabaciones favoritas, lo cual no es tan fácil hacer hoy con todas las canciones que has comprado en tiendas virtuales como iTunes o Amazon y mucho menos con la música que escuchas en las nubes musicales como Spotify en los que pagas por tener acceso a un sin fin de canciones pero ni siquiera son tuyos los archivo digital de las canciones.

Como podemos apreciar, los tiempos han cambiado, y nuestra manera de atesorar la música se ha vuelto efímera y limitada. Bruce Willis abrió un debate en redes sociales hace un par de años, en al preguntar porqué cuando él fallezca no se le permitirá heredar sus compras realizadas en iTunes a sus hijas, debate que provocó que la empresa Apple implementara, años después, una función que permite hacer compras en familia para el disfrute de sus miembros, lo que en teoría permite que los hijos continúen disfrutando los temas, libros y películas comprados por sus padres aún cuando ellos dejen de existir.

La ficción forma parte de nuestras vidas, y somos dueños de música que no podemos tocar, de libros que no podemos ojear, y de “bibliotecas musicales” que no podemos heredar como antes, adquiridas por internet. Estas ficciones llevaron, entre otros motivos, a adicionar en el año 2000 la Ley Federal de Protección al Consumidor, con el capítulo VIII Bis, titulado “De los Derechos de los Consumidores en las Transacciones Efectuadas a través del uso de medios electrónicos, ópticos o de cualquier otra tecnología”, pero aún hay mucho por avanzar en la materia.

Llama la atención que las palabras streaming, descarga digital, o el vocablo on-line (o su traducción), nofiguren en la ley, y que el vocablo “internet” sólo se utilice en el último párrafo del artículo 65 Bis 2, al establecer en el tema de las casas de empeño que: “la procuraduría deberá publicar cada año en el diario oficial de la federación y de forma permanente en su sitio de internet la lista de los proveedores inscritos en el registro”.

Mucho por avanzar en nuestras leyes para proteger a los consumidores que hoy, diariamente, realizan compras de música y otros contenidos, para ser disfrutados en sus teléfonos o tabletas personales, y que en forma muy acelerada logran consolidar respetadas colecciones musicales y de otro tipo, pero que lamentablemente no tienen tan claro los términos y reglas, del uso, disfrute y utilización de los mismos.

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