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En la opinión

Los Costos de la Corrupción

por José Fernández de Ceballos
30, diciembre, 2015
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7 minutos de lectura
Sólo en 2010 se destinaron más de 32 mil millones de pesos en “mordidas”, identificándose como consecuencia de 200 millones de actos de corrupción.

La Asamblea General de Naciones Unidas, desde el año 2003 –en el marco de la firma de la Convención de Mérida contra la corrupción-, ha señalado el 9 de diciembre como el Día Internacional del Combate a la Corrupción. A propósito de esa fecha, conviene hacer un análisis de cómo es que se ha entendido este fenómeno.

Aproximadamente hasta finales de la década de los 80’s, antes de que cobrase conciencia sobre la nocividad de la corrupción, se llegó a sostener que en sistemas económicos en exceso rígidos, en donde el Estado juega un papel determinante en la producción distribución y consumo de bienes y servicios, tal como sucede en los países en desarrollo, la corrupción podía tener el efecto de un lubricante para la maquinaria estatal. Se consideraba que el pago de sobornos ayudaría a remover los obstáculos para la inversión y para otras iniciativas económicas, ya que las empresas más rentables podrían cohechar a los funcionarios encargados de dar los permisos correspondientes, obteniendo así las autorizaciones y licencias necesarias para efectuar sus inversiones y desarrollar su actividad. Por otro lado, se consideró que la «mordida» o «coima», además de acelerar los trámites administrativos, actuaba como un suplemento del salario de los funcionarios públicos, lo cual redundaría en mayor fuente de empleo por parte del Estado sin la necesidad de aumentar los impuestos, o incluso disminuyéndolos, ya que los gobiernos no se verían obligados a destinar parte de su presupuesto en la contratación de nuevos funcionarios.

La concepción ha cambiado y las rigideces que se suponía que la corrupción relajaba, hoy se consideran como consecuencias propias del sistema, frecuentemente creadas o fomentadas en forma explícita para que ciertos funcionarios generen o fomenten la obtención de sobornos, con el propósito de remover los obstáculos que ellos mismos han creado. Así, aquella visión de la corrupción, que la consideraba como un factor benéfico en los procesos económicos, se encuentra al día de hoy en descrédito y es generalizada la opinión de considerarla un factor de riesgo que incide no sólo en la economía de los Estados, sino que atenta contra los principios libertarios de la democracia.

La corrupción produce un abanico tan amplio de efectos adversos, que van desde las distorsiones en el mercado, a la evasión o defraudación fiscal, pasando por «leyes» con nombre propio, así como dilaciones procesales, y adquisiciones sobre o subvaluadas. En el planteamiento del problema, no podemos olvidar que afecta también al sector privado, la cual repercute directamente en la esfera pública, al distorsionar los ingresos del Estado y en consecuencia su presupuesto de egresos; y lo más alarmante, genera mayor corrupción en el aparato público para favorecer intereses particulares, es decir, la corrupción genera más corrupción. Así, son diversos los rubros donde produce sus efectos negativos: en un Estado de Derecho, es ilegal y configura conductas delictivas; para la economía distorsiona el mercado, afecta la productividad, frena el desarrollo e inhibe la inversión de capitales; en la democracia, perjudica la gobernabilidad, por el descrédito del corrupto y por los vacíos de poder.

Hoy, no cabe duda de que la corrupción produce efectos en extremo perjudiciales, y en el caso concreto de México, Transparencia Mexicana (TM) a través de su Índice Nacional de Corrupción y Buen Gobierno (INCBG), analiza la incidencia de en 35 servicios públicos prestados tanto por autoridades federales, estatales y municipales, como por particulares concesionarios o administradores de los mismos. Se trata de un amplio grupo de servicios públicos que van desde la inscripción en escuelas oficiales, obtención de actas, licencias o permisos, hasta el acceso a la salud pública en caso de urgencia o la presentación de denuncias ante el Ministerio Público.

Es un acierto crear el marco institucional para hacer frente a la corrupción, que aqueja al país, pero, es fundamental en su combate, la reestructuración del tejido social tan ampliamente dañado.

Los resultados aportados por TM son alarmantes, sólo en 2010 para acceder o facilitar los trámites y servicios públicos analizados, se destinaron más de 32 mil millones de pesos en“mordidas”, identificándose como consecuencia de los mismas 200 millones de actos de corrupción. En promedio, los hogares mexicanos destinaron 14% de su ingreso en esta tramitología de los servicios, siendo los más afectados los hogares con ingresos menores a un salario mínimo, a los cuales les representó un perjuicio en el 33% de su ingreso4. Incluso se estima que tiene un costo equivalente a 4 puntos porcentuales del Producto Interno Bruto (PIB), es decir, unos 740 mil millones de pesos5, casi el doble de lo que actualmente se asigna a salud o a educación.

Por otro lado, Transparencia Internacional (TI) en su Índice de Percepción de la Corrupción 2014, coloca a México en el lugar 103 de 175 países, con una vergonzosa calificación reprobatoria de 35 puntos sobre 100, situándolo como uno de los más corruptos en la región. Para enfrentar ese flagelo, debemos entender que las condiciones propias del sistema, son las que permiten que sea una actividad tan lucrativa, ya que por la opacidad, el exceso de tramitologías y la falta de responsabilidades serias de los servidores públicos, dan los factores necesarios para que se convierta en una práctica que además, tienda a crecer.

Este fenómeno es tan grave para el país que desde mayo de 2015 se concretó la reforma constitucional que crea el llamado Sistema Nacional Anticorrupción (SNA), del cual se prevé que funcionará plenamente a mediados de este año 2016, una vez que se hayan creado y modificado las leyes necesarias para su funcionamiento. Desde luego que es un acierto que exista la voluntad política y se cree el marco institucional para hacer frente a esta problemática que aqueja al país, pero, además, considero fundamental en su combate, la reestructuración del tejido social tan ampliamente dañado por los actos corruptos.

En mi opinión, para combatir eficazmente este problema, proyectando resultados adecuados y sostenibles a futuro, la meta principal del SNA debe ser la prevención y no la represión. Desde luego que será necesario aplicar sanciones, mandando el mensaje claro y decidido de que el corrupto no quedará impune. Las medidas preventivas, deben estructurarse sobre la base del tejido social que se ha visto tan gravemente afectado por éste fenómeno, propiciando que tanto en la administración como en la ciudadanía, es decir, en la sociedad mexicana, opere un cambio de paradigma por el cual lo que impere, sea la indignación y el repudio a todo acto de corrupción, con la finalidad de que lleguemos al punto de que el castigo, se convierta en la excepción.

 

Temas:
  • Corrupción
  • SNA

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