“El mundo ha recibido un tremendo baño de humildad para develar una realidad que no es nueva para nuestra especie, pero sí tremendamente desconocida para nuestra generación.”
Cada vez son más las voces que nos aclaran que no vivimos tiempos de cambio, sino un cambio de era. Esta pandemia, que sigue siendo mal dimensionada por muchos, ha destruido de raíz años de ideas preconcebidas y concepciones erróneas.
Lo que dábamos por sentado, lo que asumíamos invariable, ha dejado de existir en un par de meses. El mundo ha recibido un tremendo baño de humildad para develar una realidad que no es nueva para nuestra especie, pero sí tremendamente desconocida para nuestra generación.
En efecto, al revisar nuestra historia, encontramos amplia información, muy bien documentada de la peste de justiniano, la peste negra, el ataque de viruela y su impacto en las américas en la época del descubrimiento del “nuevo mundo”, la gripe española, la gripe asiática, la gripe de Hong Kong, o el devastador efecto del VIH en el mundo, pero no se tenía en el horizonte de la vida cotidiana un plan infalible para enfrentar lo desconocido del nuevo virus.
La inmensa ola de prepotencia donde el ser humano navegaba nos ha tirado de la cresta, y hemos descubierto con incredulidad inexplicable nuestra fragilidad como especie, y el tremendo daño que hemos consumado a nuestro entorno.
Nuestra supremacía tecnológica, nuestras construcciones sociales, quizá el punto más alto de desarrollo de los humanos como especie en toda su existencia, sucumbe ante una realidad de alcances inesperados, ante un pequeño virus, que sinceramente no es tan mortal como los protagonistas de las otras pandemias aludidas.
Hemos cumplido un año y algunos días más con esta realidad impuesta, y como especie, hemos debido adaptarnos a los retos de la nueva normalidad. La semidestrucción del sistema económico en todos sus niveles, incluido el internacional, era de pronóstico cantado: catastrófico, como sucedió en Constantinopla y en los restantes episodios pandémicos del pasado.
Sentirnos sorprendidos, o señalar a una persona, organización o gobierno de los efectos negativos de la pandemia en el rubro financiero es de lo más incongruente y ruin. Basta con mirar a todas las sociedades, estados y ciudades del mundo entero, y notar cómo el impacto ha sido inevitable en todas ellas, sin importar sus sesgos ideológicos.
Tenemos mas de un año adaptándonos a las exigencias para disminuir las tasas de contagio. Procurando la sana distancia. En ese tiempo hemos aprendido que las medidas sanitarias son importantes, pero que ahora debemos comprender y atacar la forma en que el virus se transmite a través de aerosoles, de nuestra respiración, a través del aire, no vuela, pero puede flotar.
Algunos estudios sobre la forma de contagio por circulación de aire demuestran que todas las medidas han sido correctas, pero necesitamos reforzar las relacionadas con la circulación y purificación del aire en espacios de convivencia.
Con o sin intención, estamos demostrando nuestra resiliencia como especie, nuestra capacidad de adaptación a los cambios, nuestro deseo de continuar en esta vida, de salir adelante sin importar el contexto, de intentar volver a esos días de antaño que creíamos inmutables.
Cambio tras cambio, día tras día, nos hemos visto obligados a aprender a meter las actividades económicas, sociales, laborales, educativas y de entretenimiento a través del cable de internet. Parece que la vida y la continuidad de la misma fuese imposible sin el wifi y el ancho de banda. Al menos nos ha ayudado a que el mundo no se detenga.
Así, se reafirma la tesis, no son cambios imparables uno tras otro, en realidad estamos ante un cambio de era, uno que no esperamos, pues quizá pensamos que los cambios en la humanidad se acompañan después de año nuevo, o en los primeros días de cada década, en realidad también hemos aprendido que la medición del tiempo es una ficción humana, y que los cambios en la vida no respetan ni fechas especiales, ni aniversarios.
Empezamos a ver la luz al final del túnel, con toda nuestra tecnología, potencia humana de transformación, sistemas de desarrollo, niveles de investigación y avances médicos, nos ha tomado un año encontrar vacunas para plantar cara al virus y tratar de recuperar nuestros días añorados de libertad y contacto sin restricciones. Guardemos paciencia. La recuperación llevará su tiempo, y una vez operativos, tomará su tiempo volver a elevar la economía a los niveles que llegamos a tener.
En contraparte, la vida humana se abre camino. Se ciñe a su instinto más básico. Perpetuar la genética a las próximas generaciones. Sobrevivir. No claudiquemos. Brindemos a los niños en casa nuestro mejor esfuerzo, el encierro ha hecho sentir a muchos padres que no existe peor tiempo para serlo, pero es evidente que seguimos siendo muy afortunados a pesar de todo.
Este cambio de era lo es también para esta generación de futuros adultos, para esta generación que ha tomado nota de nuestra fragilidad humana, del impacto de nuestro excesivo sistema de vida invasivo en la naturaleza, y de las consecuencias de vivir creyendo que no hay consecuencias.
Este cambio de era se gestó a partir de la pandemia del Covid-19 y sus resultados se verán reflejados en la próxima generación. El cambio de era está por parir a un ser humano diferente, más consciente de su entorno, más respetuoso del equilibrio natural, más protector del planeta, más humilde, más honesto.
¿Lograremos ser mejores personas con nosotros mismos? El precio ya lo hemos pagado, depende de nosotros hacer que lo vivido en esta pandemia, valga la pena.
“Con o sin intención, estamos demostrando nuestra resiliencia como especie, nuestra capacidad de adaptación a los cambios, nuestro deseo de continuar en esta vida, de salir adelante sin importar el contexto, de intentar volver a esos días de antaño que creíamos inmutables.”


